La imagen es clara y elocuente.

Todo el territorio del suelo oriental, puede verse pintado cual tablero de ajedrez, con cuadraditos uniformes y parejos que ocupan toda su extensión, de norte a sur, y de este a oeste.

A través del tiempo, se lo vió como el final de una dura partida, con sus escaques vacíos y sus piezas amontonadas a un lado, apretaditas en un rincón.

En los últimos años, fueron apareciendo varias piezas, que ocupando cada una un lugar estratégico y determinado, cumplen su función a la perfección desde la casilla en la que decidieron iniciar su plan de lucha.

Es el ejemplo de Carlos Martínez y su labor en Durazno. En una entrevista hecha por este sitio, comentaba que en su infancia era una quimera encontrar un lugar donde practicar ajedrez en su departamento, al igual que coterráneos que se unieran en una partida. Hoy, su trabajo esforzado ha cambiado esa realidad y ya son alrededor de 200 los que reciben sus clases a lo largo y ancho en ese rincón del centro del país.

Canelones, tan amplia como diversa, tiene rincones por los cuales se puede disfrutar de la calidez de la arena y la suave brisa del mar, o lugares en los que el asfalto cubre casi toda la extensión del lugar, o aquellos en que el verde es amo y señor y deleita la vista de los visitantes.

El 15 de octubre hubo casillas que se ocuparon, hubo piezas que consolidaron su posición, pero además, ese 15 de octubre, mostró también la armonía del juego.

Las piezas se acercan, se ayudan, colaboran entre ellas, para que la jugada final esté cada vez cargada de más belleza.

Juan Bellón oficia en este caso como la pieza, que desarrolla desde hace un largo tiempo una tarea similar al trabajo de una hormiga laboriosa: firme, convencido y persistente.

Santa Lucía, la preciosa Santa Lucía, con su andar manso y sereno, en un costado del departamento de Canelones, su casilla.

Y la Quinta Capurro vio el resultado.

No era necesario grandes salones, ni cómodos asientos, ni siquiera el extremado silencio pedido normalmente por los jueces. Todo fue sol, verde y aire puro. la imagen de árboles frondosos, el trinar de unos pájaros, el disfrute de tiempo para caminar por sendas marcadas en circuitos agrestes, y la confraternidad de un ajedrez practicado en distensión.

Que se masifica en este pequeño país.

Que poco a poco va llenando su tablero, con piezas que saben lo que hacen, y que tienen un objetivo claro. Porque hubo más piezas ese domingo de sol que dejaron sus casillas habituales para planear y elaborar estrategias en conjunto: Gonzalo Pérez, Fernando Bonilla, Roberto Osores entre otros.

La jornada comenzó a eso de las 11 con una doble simultánea a cargo de los profesores Pérez y Bonilla, para luego del almuerzo muy onda camping, comenzar el torneo que se dividió en tres categorías: adultos, juveniles (sub-18) y menores (sub-12).

Sobre el final, los aplausos fueron para quienes mejor movieron las piezas en esas categorías. Marcelo Lanzilotta y Mario Lagos se destacaron entre los más grandes, Juan Manuel Cayetano y Valentín Aguerre entre los jóvenes, y como siempre “la escuela de Bonilla” presente entre los menores, con Melina, Rocío y Agustín que como ya nos tienen acostumbrados ocuparon los primeros puestos.

Los aplausos cesaron, hubo abrazos de agradecimientos, hubo quien se quedó mateando bajo los árboles, se vieron familias jugando en un tablero gigante,

hubo sonrisas y un clima de felicidad compartida.

 

Cuando el silencio acompañó el paso de los últimos que dejaban el hermoso predio que ocupa la Quinta Capurro, se oía a lo lejos un aplauso que persistentemente seguía manifestando su agradecimiento. Venía de lejos, quien sabe de donde, pero reconocía con infinita felicidad a todas esas piezas que están cambiando la imagen del tablero oriental.

 

Gracias Juan Bellón por ser una de esas piezas.

 

 

 

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